Ni genético, ni radical.

Dos noticias han salido en estas últimas semanas que pueden hacernos recapacitar sobre lo que pensamos acerca de nuestra evolución. La primera viene de un estudio publicado en PNAS por Wil Roebroeks y Paola Villa, de la Universidad de Leiden y de la del Museo de Colorado, en Boulder. En él analizan el uso del fuego, uno de los logros más trascendentes del género Homo. Se estima que los homínidos africanos de hace 1,6 millones de años ya lo utilizaban de manera regular, e incluso hay quien retrocede hasta los 2 millones de años para vincularlo a cambios en nuestra dieta que nos permitieron desarrollar más nuestros cerebros –que consumen muchísima energía-, y a establecer el concepto de hoguera, en torno a la cual se habría favorecido el desarrollo social y la interacción intelectual de nuestros ancestros. En ese escenario, parecía claro que los humanos antiguos que se expandieron por Europa, y sobre todo por sus latitudes norteñas, bien frías, lo hicieron gracias al uso del fuego, que les permitió superar los rigores del clima. La sorpresa ha llegado con esta investigación, que ha analizado multitud de yacimientos europeos buscando evidencias de uso del fuego, como huesos quemados, restos de carbón, o sedimentos calcinados. Discriminando con pruebas micromorfológicas –no pregunten- entre lo que podrían ser restos de un incendio natural y lo que sería una hoguera humana, Roebroeks y Villa concluyeron que hasta hace unos 300.000 ó 400.000 años no se utilizó el fuego de una manera regular en el viejo continente.

Sin embargo, hay evidencias de que los homínidos se establecieron en la zona boreal hace ya 800.000 años.

Eso quiere decir que algunas poblaciones humanas aprendieron a usar el fuego en África hace más de un millón y medio de años, pero que los que se fueron a Europa, a pesar de ser contemporáneos, no lo conocían, o bien no supieron dominarlo. Posiblemente lograron vivir en un clima tan frío por una forma de vida muy activa y una dieta rica en proteínas, factores ambos que llevan aparejada una alta tasa metabólica basal.

No fue hasta la llegada de los Neandertales cuando aparecen por fin evidencias de una utilización continuada y sofisticada del fuego, no sólo para calentarse o cocinar, sino hasta para sintetizar, a partir de la resina de la corteza del abedul, mangos anatómicos que envolverían las herramientas de piedra que previamente habían mejorado… mediante tratamientos térmicos. Estos avances se pensaba que correspondían a las poblaciones de Homo sapiens sapiens que llegaron a Europa decenas de miles de años después, y se hacía referencia a dichas técnicas como muestras de la “elevada habilidad cognitiva” que les permitió imponerse a los Neandertales. Parece ser que habrá que revisar también eso.

No es, quizá, lo único que sugiera hacerlo: el arqueólogo estadounidense John Shea acaba de poner en tela de juicio la llamada “Revolución Humana”, que supone una especie de salto entre los Homo sapiens más antiguos de África, de hace entre cien y doscientos mil años, y los sapiens del Paleolítico Superior en Europa (45.000 – 12.000 años), que presentaban armas arrojadizas sofisticadas, arte rupestre, etcétera. Al analizar los yacimientos africanos del último cuarto de millón de años, Shea no encontró ninguna evidencia de salto brusco y profundo, sino mas bien un continuo cambio adaptado a las circunstancias, también cambiantes, de cada lugar, lo que difuminaba una diferenciación radical entre humanos modernos y antiguos.

Ya lo comprobamos con el descubrimiento de que un porcentaje de nuestros genes era neandertal: las fronteras en nuestro pasado no son claras ni rotundas. Los antiguos no eran más torpes o peores que nosotros. Un homínido determinado no posee automáticamente todos los atributos intelectuales, mucho menos el conocimiento, que se presupone a los de su grupo.

Y el estar catalogado como humano moderno, en el fondo, no significa demasiado.