La segunda en pocos meses…

¿Recuerdan aquella frase de Carl Sagan, que decía que “afirmaciones extraordinarias requieren siempre de evidencias extraordinarias”? Pues sigue de plena vigencia, máxime cuando se tocan temas que, aún entre la razonable comunidad científica, son tabú.
A primeros de diciembre del año pasado, la astrobióloga de la NASA Felisa Wolfe-Simon realizó un descubrimiento singular en el Mono Lake de California: una bacteria capaz de sustituir felizmente el fósforo de su organismo por arsénico, en todas y cada una de sus estructuras, cuando el fósforo estaba ausente en su medio de cultivo. Incluso osaba hacer algo que lo ponía en oposición al resto de seres vivos del planeta: incorporaba al arsénico hasta en su ADN, lo que la situaba fuera de la universalidad del código genético terrestre conocido, y de facto la convertía en una nueva forma de vida. Y, ¡ay!, de nada le sirvió entonces a Wolfe-Simon el respaldo de la NASA,
ni las exhaustivas y minuciosas pruebas incluidas en su artículo, ni la colaboración que había recibido de investigadores de primera línea, ni los resultados tan contundentes de los análisis realizados con el sincrotón de rayos X, que mostraban físicamente al arsénico formando parte estructural de la cadena. Porque frente a su genuina perplejidad ante lo que tenía ante manos y a su petición, correctísima y profesional, al resto de colegas científicos para que repasaran sus experimentos y le ayudasen a aclarar lo que había descubierto, recibió un ataque visceral. Se le echaron encima. Una microbióloga de la Universidad de la Columbia Británica tardó sólo dos días en escribir una carta en la que dudaba de todo, veía mala praxis por todas partes, insinuaba una especie de complot de la NASA, e incluso llegaba al insulto personal. Y después, oleadas de científicos y multitud de periodistas con ganas de ver sangre se sumaron a la lapidación. No había allí nada de debate científico. En los medios ya estaba sentenciada, y un periódico no era lugar en el que discutir con calma los detalles científicos y metodológicos del asunto. Se le echaron al cuello. Y eso que sigue siendo posible que tenga razón: actualmente continúa trabajando, realizando más pruebas y comprobaciones dentro del ambiente ortodoxo y sosegado de su laboratorio. El verdadero debate deberá empezar ahora, casi a puerta cerrada.

Pues bien, hoy mismo ha pasado algo similar, y casualmente en el mismo tema: la posibilidad de vida microbiana extraterrestre. Por la mañana, todos los periódicos recogían la noticia: Richard Hoover, un prestigioso científico de la NASA, aseguraba haber descubierto fósiles de microorganismos en el interior de dos meteoritos. Los microfósiles, unos complejos filamentos incrustados en la matriz rocosa del meteorito, tenían una estructura parecida a la que forman algunas comunidades de cianobacterias terrestres cuando crecen en sedimentos arcillosos, y en opinión del científico se originaron fuera de la Tierra. Rudy Schild, astrofísico de la Universidad de Harvard y editor de la revista Journal of Cosmology, donde se publicaba el artículo, decía que “dada la naturaleza controvertida del descubrimiento, hemos invitado a cien expertos independientes y hemos cursado solicitudes de colaboración a otros 5.000 miembros de la comunidad científica para que revisen el artículo y aporten sus análisis y críticas”.

No ha sido necesario. A pesar de que también ha recibido apoyos de investigadores de renombre, casi de la noche a la mañana un número significativo de científicos, dentro y fuera de la NASA, han emitido su laudo. Han criticado y ridiculizado al estudio y a la publicación, que ahora es “de dudosa fiabilidad”; han decidido que lo único que ha visto Hoover en sus muestras es contaminación; y, esto es bueno, la informadísima prensa ya ha sentenciado que el descubrimiento de Hoover es falso.

No sé, detecto cierto histerismo en según qué temas…