Notición: una nueva forma de vida descubierta… en nuestro propio planeta.

Como si de un estreno cinematográfico se tratara, la NASA anunció con días de antelación que el dos de diciembre haría pública una noticia que tendría gran repercusión en lo que al hallazgo de nuevas formas de vida se refiere. Inmediatamente surgieron cientos de especulaciones al respecto, desde los que creían que por fin saldrían a la luz pruebas irrefutables de vida extraterrestre, aunque fuera microbiana, hasta los que opinaban que solo era una maniobra orquestada por el gobierno de los Estados Unidos para desviar la atención de la bomba mediática del caso “Wikileaks”. Por fin la noticia de la NASA fue publicada, y comparada con las expectativas, pareció decepcionante.

Hasta que es estudiada en profundidad.

Porque lo que ha encontrado la doctora Felisa Wolfe-Simon, geomicrobióloga adscrita al Instituto Astrobiológico de la NASA, puede redefinir el concepto mismo de la vida en nuestro planeta tal y como la conocemos, y volver a abrir la puerta a muchos planetas que, de momento, se habían descartado como posibles albergadores de vida.

En principio, los microorganismos hallados por la doctora y su equipo en los sedimentos de las orillas del californiano Mono Lake –hipersalino, altamente alcalino, y uno de los lugares naturales con mayor concentración de arsénico en el mundo- son notables y extraños, aunque no mucho más que otros organismos extremófilos encontrados en ambientes igual de radicales. Por lo general, los extremófilos desarrollan adaptaciones que les permiten vivir en condiciones de altísimas o bajísimas temperaturas o presiones; son capaces de extraer la energía que necesitan de sustancias que otros seres no podrían metabolizar; e incluso pueden desarrollarse en presencia de compuestos tóxicos que matarían al resto de seres vivos. Podríamos decir que se trata de una especie de trucos o soluciones que les permiten esquivar esos inconvenientes ambientales y crecer normalmente. Y hago especial hincapié en lo de “normalmente”: porque en esencia, estructuralmente, en lo fundamental, ninguno de estos organismos rompe las normas básicas de la vida en nuestro planeta. Y es aquí cuando empieza lo interesante. Porque las bacterias GFAJ-1 aisladas y cultivadas por Wolfe-Simon, sí lo hacen.

Una de estas normas, y que sirve como criba para diferenciar planetas en los que pudiera encontrarse vida extraterrestre, dice que hay seis elementos imprescindibles para que un organismo pueda existir: carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, y, en menor proporción, fósforo y azufre. Sin ellos, la vida como la entendemos, no puede darse. Pero resulta que las bacterias del lago no sólo han encontrado un método para que el arsénico no resulte tóxico para ellas, sino que además, lo utilizan con éxito para sustituir al fósforo para construir sus estructuras celulares si este no está presente. El grado de sustitución es tal, que hasta en la cadena de ADN de la bacteria los nucleótidos ya no se unen mediante puentes fosfato, sino con enlaces de arseniato. Así que en sentido estricto, estamos no ante una nueva especie, sino ante una nueva forma de vida.

El descubrimiento es de tal calibre, que Wolfe-Simon, sus colaboradores, y otros científicos escépticos con los resultados de sus análisis, buscan sin parar algún fallo en los procedimientos, o alguna contaminación en los cultivos, que pudiera explicar tal anomalía. De momento, sin embargo, las bacterias llevan más de un año proliferando en el laboratorio en un medio sin fósforo y con alta concentración de arsénico, y utilizando los métodos de análisis más exquisitos, los investigadores han observado no sólo cómo un diez por ciento del arsénico asimilado por el microorganismo se incorpora a su material genético, sino cómo este ha sustituido felizmente al fósforo a nivel molecular en su ADN.

Demasiado extraordinario para ser cierto, pero… ahí está.

NOVIEMBRE 2010

Nagoya y la sexta extinción.

Parece el título de una novela, pero no se crean: dentro de unos años, espero, el nombre de esta ciudad japonesa les sonará tanto como el de Kyoto.