Nagoya y la sexta extinción.

Parece el título de una novela, pero no se crean: dentro de unos años, espero, el nombre de esta ciudad japonesa les sonará tanto como el de Kyoto.

Parece que opina igual el representante francés en la Convención de Diversidad Biológica de la ONU que acaba de celebrarse allí: “Hemos hecho lo que se hizo en 1997 en Kyoto sobre el clima: es la etapa en la que se reconoce políticamente la importancia del tema”. Una importancia que, mal que les pese a los políticos que se han tenido que poner de acuerdo para sacar adelante la convención, es real y alarmante. “Estamos al borde de una gran extinción, y la existencia de ecosistemas sanos es la base del desarrollo humano. (…) Sólo entre los primates, el 49% de las especies está en peligro de extinción” –dijo Russ Mittemeier, presidente de Conservation International-. “Nos acercamos al punto crítico. (…) Después, la pérdida de biodiversidad será irreversible” –Ryu Matsumoto, ministro de Medio Ambiente de Japón-. Y ambas declaraciones son más que moderadas, pues no es que estemos a las puertas de una extinción en masa como la que arrasó con los dinosaurios, sino que en este mismo momento, la tasa de desaparición de especies es entre cien y mil veces más rápida de lo normal en el planeta. Ya estamos inmersos en ella. Y además esta vez no se trata del impacto de un asteroide, sino que somos nosotros los únicos responsables: la destrucción de ecosistemas por nuestras actividades es la causa principal de la desaparición de especies.

En esta convención de las Naciones Unidas, en la que nos jugábamos ni más ni menos que nuestra propia supervivencia, los escollos políticos para lograr acuerdos de conservación han estado a punto, una vez más, de hacer que todo terminara en fracaso. La razón de esa sinrazón es muy sencilla: la mayor parte de países que aún conservan áreas de alto valor de biodiversidad, son países en vías de desarrollo. Y proteger esas zonas implicaría –o tal vez no- coartar sus aspiraciones económicas. Y las de los que sacan tajada con ello, claro.

Pero como sería grotesco que dentro de unos cuantos millones de años los escolares cucarachas –nuestros probables sucesores- leyeran en sus libros de texto que los humanos nos extinguimos por un tanto por ciento de PIB, o al menos así debieron pensarlo los representantes de los 193 países de la convención, se llegó contra todo pronóstico, e in extremis, a algo parecido a un principio de acuerdo. Por ejemplo, han coincidido sus excelencias en la necesidad de proteger de aquí al 2020 el 10% de los ecosistemas marinos –actualmente sólo el 1%-, y el 17% de los terrestres –hasta ahora el 13-.

Algo estupendo y significativo, logrado tras años de negociaciones y reuniones por doquier. Una porquería de acuerdo que ni siquiera es vinculante, sino tan sólo orientativo. La clase de éxito al que nos tienen acostumbrados los de las Naciones Unidas. Un acuerdo “…que se limita a los buenos sentimientos”, como se lamentaba el príncipe Alberto de Mónaco al terminar.

Aunque bueno, no es para preocuparse. Es posible que en los próximos meses se cree un organismo de peritaje científico evaluador internacional que te rilas, que diría Pérez-Reverte.

Mientras tanto les recuerdo las flamantes tasas de extinción que ya se conocen, extraídas de los estudios científicos internacionales que las propias Naciones Unidas han financiado: entre cien y mil veces superiores a lo normal. Que sepamos. Y subiendo.