Vida extraterrestre… otra vez.

No sé si es que el verano es la época ideal para lanzar noticias que nos inciten a soñar, o si es que las autoridades competentes -si es que las hay-, saben algo que nosotros desconocemos y quieren que nos vayamos preparando poco a poco, pero lo cierto es que el mes de agosto, cuyas noticias comentamos en este número, ha sido especialmente rico en cuanto a referencias a vida extraterrestre se refiere.

Por cuestión de espacio nos centraremos en la que en mi opinión es la noticia más extraordinaria y relevante. Tenemos que remontarnos al año 2001, cuando una extraña lluvia de color rojo cayó sobre Kerala, al sur de la India, de forma intermitente a lo largo de un período de dos meses. Godfrey Louis, físico de la cercana Universidad de Cochin, recogió muestras de la lluvia y encontró algo fascinante: su color rojo, en vez de estar provocado por partículas de polvo en suspensión tal vez provenientes de algún desierto, parecía deberse a multitud de organismos unicelulares, de un tamaño de entre cinco y diez micras, y que tenían un rasgo extrañísimo: carecían de ADN. Se pensó en la posibilidad de que fueran glóbulos rojos, pues estas células pierden el núcleo, pero dicha explicación se descartó rápidamente. Huelga decir que la teoría de que fueran microorganismos extraterrestres, transportados tal vez por un cometa que se hubiera desintegrado en las capas altas de la atmósfera, tal y como planteó Louis en un artículo en 2006, fue acogida con una sonrisa condescendiente por el resto de la comunidad científica, y el caso poco menos que archivado. Hasta ahora, que dichas células han empezado a reproducirse.

En una investigación realizada con, entre otros, el doctor Nalin Chandra Wickramasinghe, director del Centro de Astrobiología de Cardiff y uno de los promotores de la teoría de la panspermia -que propone que la vida en nuestro planeta llegó en forma de microorganismos transportados desde otros planetas por asteroides y cometas-, han comprobado que a 121 grados centígrados aparecen “células hijas” en el interior de las “células maternas” que luego son liberadas, y que su número aumenta cuanto más tiempo dure la exposición a dicha temperatura. Lo que para otros organismos significa la destrucción –los 121 ºC es una de las temperaturas típicas para esterilizar en los autoclaves de laboratorio-, para ellas es incubación. En condiciones normales las células permanecen inertes.

Es cierto que hay organismos hipertermófilos terrestres encontrados en fumarolas hidrotermales, como Pyrolobus fumarii, capaces de vivir a 113 ºC, pero es que al parecer, estas “células de lluvia roja” se han reproducido en experimentos anteriores a 300 ºC, y además, como hemos dicho, carecen de ADN. Y eso no es todo: como complemento exótico, los investigadores han estudiado su comportamiento fluorescente cuando son expuestas a la luz, y han encontrado que esta fluorescencia es remarcablemente similar a algunas emisiones inexplicadas rastreadas en varias partes de nuestra galaxia, como el Rectángulo Rojo, una nube de polvo y gas en la constelación de Monocerous. Se sugiere con todo ello, aunque no se prueba, su origen extraterrestre.

Si quieren echarle un vistazo ustedes mismos a tan fascinante artículo, pueden hacerlo en la siguiente dirección: http://arxiv.org/ftp/arxiv/papers/1008/1008.4960.pdf

Como contrapartida, otros estudios recientes muestran la opción contraria: bacterias terrestres sobreviviendo durante año y medio en el espacio, en el exterior de la Estación Espacial Internacional, o resistiendo la simulación de las condiciones marcianas a las que investigadores del CSIC las han sometido.

De una u otra forma, si encontramos vida extraterrestre unicelular, la existencia de organismos más complejos fuera de nuestro planeta sería casi inevitable.