en boca cerrada

…no entran UFOs. O que dejemos de mandar señales al espacio proclamando que estamos aquí, no sea que al final acabe viniendo alguien a visitarnos. Y esto lo acaba de decir ni más ni menos que un científico de la talla de Stephen Hawking.

Lo que algún cretino ha interpretado como un síntoma temprano de senilidad, es un razonamiento coherente y cargado de sentido común de alguien a quien cuyo cerebro matemático “sólo los números le hacen creer que la existencia de los extraterrestres es perfectamente posible”, como anuncia en una reciente serie de documentales de televisión que está generando titulares en medio mundo. Para Hawking, la posibilidad de vida inteligente en otros lugares del Universo es perfectamente racional. Y destaquemos lo de inteligente; porque aunque muchos científicos admiten casi con rubor la factibilidad de vida microbiana en otros planetas –bacterias en Marte, microorganismos en cometas o asteroides, teoría de la panspermia-, la posibilidad de que esas formas de vida evolucionasen hacia formas más complejas, pluricelulares, que desembocaran en organismos como nosotros mismos, les parece algo tan exótico y audaz que rápidamente se desmarcan de tal posibilidad y vuelven corriendo al redil de lo ortodoxo. Y lo cierto es que desde un punto de vista biológico, con tiempo suficiente dicha transición parece poco menos que inevitable. Hawking continúa su razonamiento planteando que una civilización extraterrestre desarrollada y tecnificada –al menos lo suficiente como para recoger nuestras señales y descubrir que estamos aquí-, será probablemente una consumidora neta de recursos. Y que por tanto, y suponiendo que sean también formas de vida basadas en el carbono para las que los recursos de nuestro planeta sean compatibles, posiblemente nos vería como una apetecible fuente de materias primas. El contacto, de esa manera, sería algo así como el desembarco de los españoles en el continente americano, algo que no resultó demasiado favorable para los indígenas.

La visión cautelosa de Hawking parte de una extrapolación de nuestros propios hábitos y actitudes depredadoras, cuyas consecuencias paga ya nuestro planeta. Unos hábitos que, sin embargo, no necesariamente tendrían que compartir otras civilizaciones, y que probablemente no compensasen el esfuerzo de llegar hasta aquí. Mucho esfuerzo, el de juntar un ejército de ocupación y hacerlo viajar a tantos años luz, tan sólo para conquistar un planeta. Esa es la opinión de Seth Shostak, investigador del proyecto SETI de búsqueda de inteligencia extraterrestre, que lleva poco más de cincuenta años rastreando señales de vida en el Universo y cuyo hallazgo más notorio fue la famosa “Wow!”, una extraña señal de radio proveniente de la constelación de Sagitario. El Seti se ha reforzado actualmente con dispositivos como el LOFAR, una instalación situada en Holanda que rastrea el espectro de señales extraterrestres de baja frecuencia, por debajo de los 250 Mhz, que aún no ha dado los resultados esperados. Aunque como ellos dicen, buscar vida ahí fuera es como encontrar una gota en el mar. Estas señales son de rastreo; las que preocupan a Hawking son las activas, las que emitimos, como los mensajes e instrucciones que van a bordo de varias sondas, como la Deep Space y las Voyaguer, que estarán ya por los confines del Sistema Solar.

Tendemos a imaginarlos como nosotros, y de ahí vienen nuestros recelos. Supongo que dentro de la variedad lógica, habrá –podría haber- seres igual de egoístas y aprovechados, pero también podría haberlos menos interesados. O incluso, como dice el ex jefe científico de la NASA Alan Stern, que fueran tan fantásticos que nos resultaran como nosotros a las hormigas: prácticamente indetectables, por jugar en ligas distintas.