Entre Frankenstein y Robocop.

Los titulares han sido variados después de la presentación de último éxito de Craig Venter: “La célula sintética”; “Crean la primera célula artificial”; “No se trata de vida nueva”. Los matices del experimento son muchos y la prensa ha tenido que consultar con expertos genetistas para poder ponerlo en claro. Y ¿cual era el correcto? Pues prácticamente todos, porque el equipo de Venter ha conseguido sacar adelante una bacteria híbrida, cuyo cromosoma es una copia del de otra, pero que se ha sintetizado totalmente in vitro, empleando poderosos ordenadores y productos químicos.

Esta mezcla de biológico y sintético, y el lograr que ese puzzle armado con partes de diferentes organismos consiga vivir, hace que este nuevo organismo al que han bautizado como Mycoplasma mycoides JCVI-syn1-el sobrenombre “JCV” corresponde al nombre de John Craig Venter-, pueda considerarse como algo intermedio entre Frankenstein y Robocop. Aunque otros lo califican de Golem.

El objetivo de Venter desde hace quince años es conseguir diseñar una bacteria que fuera algo así como la plataforma perfecta para desarrollar cualquier tipo de trabajo biotecnológico. Sería como un fantástico conjunto de chasis, ruedas y motor, que lo mismo nos sirviera para armar un coche familiar que un todoterreno, un camión de bomberos o un fórmula uno, sólo con ponerle una u otra carrocería. La idea es crear una bacteria modificada que tuviera el genoma mínimo para sobrevivir en nuestras condiciones de laboratorio, lo justo y nada más, de forma que pudiéramos coger ese genoma hipersimplificado e irle añadiendo los genes exactos para hacer una función determinada. Sin problemas de que la expresión de unos genes con los que no contemos enmascarase la de los que nos interesan; y pudiendo partir siempre de la base de la misma bacteria simplificada para casi cualquier proyecto, igual que igual que la masa, el tomate y el queso, son la plataforma de casi cualquier tipo de pizza.

Y en cuanto a las funciones, serían –serán- tan variadas como producir fármacos y vacunas, degradar compuestos, sintetizar biocombustibles, fabricar plásticos… casi cualquier cosa.

Los diferentes pasos los ha ido cumpliendo con puntualidad casi británica.

Primero fabricó en 2008 un genoma sintético de 570.000 pares de bases. Para ello secuenció primero el genoma sintético de un microorganismo, es decir, averiguó qué bases químicas, y en qué orden, formaban su genoma. Esa información la procesó y guardó en potentes ordenadores. Y después, cómo él mismo explica, partiendo de la información acumulada en esos ordenadores y de “cuatro botellas de sustancias químicas en un sintetizador”, logró recrear, físicamente, el genoma del microorganismo.

Por otro lado, trabajó con cepas de Mycoplasma genitalium a las que fue quitando genes, hasta establecer un genoma mínimo para mantener la vida de 350 genes. Es decir, que después de esta depuración ya sabe los genes que tendrá esa bacteria que usará como plataforma para sus futuros proyectos.

Y lo que ha hecho ahora es un paso más, trascendental: ha secuenciado el genoma de Mycoplasma mycoides y lo ha sintetizado de nuevo, pero esta vez ha comprobado que es funcional. Ha cogido otra bacteria, M. capricolum, le ha quitado su propio genoma, y después le ha insertado el genoma sintético. Y ese extraño híbrido… ha vivido. Este paso, el de conseguir una bacteria viva con un genoma sintetizado in vitro, es el gran avance.

Lo siguiente: en vez de copiar, conseguir diseñar genes nuevos, que no existan en la naturaleza, que hagan funciones extraordinarias y desconocidas, y dándole a un botón, hacerlos realidad. Aunque para eso nos quedan muchos años. Y con respecto a hacer algo así en humanos, o en organismos más complejos que una bacteria… el tiempo puede ser siglos.